sábado, 25 de abril de 2009

Uno de mis relatos

Aquí está el relato con el que quedé finalista en el concurso literario del IES Gabriel García Márquez y me apetecía compartir con la comunidad:

La lluvia golpeaba el cristal de la ventana cuando se despertó sobresaltado por el estruendo vibrante de aquel trueno. El hombre tenía la frente empapada en sudor. Se levantó y se fue hacia el aseo para lavarse la cara. Había decidido no mirarse al espejo esa noche, pero la tentación fue superior a la fuerza de voluntad. Observó como sus ojos se habían hundido, más aún si cabía, en sus huecos en los últimos meses, su cabellera empezaba a escasear en la parte superior de la cabeza, la barba descuidada denotaba la desatención que había mostrado hacia su imagen personal. Sí, los años y la calamitosa vida de los últimos meses estaban dejando huella en él y no parecía haber remedio, cada vez se hundía más y más en un mundo de sombras y pesimismo. Decidió ir al salón y sentarse en el sofá, que ella había comprado, a ver el rectángulo luminoso que tanto tiempo de vida le había robado recientemente. Nada, sólo un tipo alemán haciendo unas muestras de cuchillos con un teléfono al que nunca llamaba nadie. Cambió de canal: una chica extasiada gritando de placer, un placer que él ya no tenía y que no iba a reencontrar por más que lo intentara en sus largas horas de soledad. Todo le parecía absurdo. Se puso la chaqueta encima y salió a la calle, la lluvia le empapaba la cara, no le importaba, nada le importaba; sólo deseaba salir del pesimismo que le consumía día tras día, pero no veía la salida, no sin ella.

Carla había sido todo para él. Desde que la vio en aquella parada de autobús, pasando por el inolvidable día de su boda, las largas noches entregándose el uno al otro, e incluso ahora que ella no estaba. ¿Por qué aparecería aquel tipo entre ellos? Había arrojado sin ningún reparo toda una década de amor, pasión y diversión por la borda. ¿Por qué? Era la pregunta que ocupaba sus pensamientos, todos los días, cada hora, cada minuto: ¿Por qué? ¿Es que acaso todas las palabras de amor que ella le había dicho, los inolvidables momentos que pasaron juntos, no significaban nada ya? Sentía rabia, envidia del que gozaba de su cuerpo ahora. La necesitaba, ahora más que nunca.

Seguía lloviendo a mares mientras caminaba bajo la tenue luz de las farolas, la calle estaba desierta. Sólo se oía el repicar de la lluvia en el suelo y el ahora lejano estruendo de los truenos. Pronto llegó a su playa, la playa vacía en la que tantas tardes había disfrutado del atardecer junto a ella como si fuera el primero, con el mar en calma y el horizonte. Ahora todo estaba oscuro, las olas se agitaban con violencia y en el horizonte se veían los destellos de los relámpagos en alta mar. Se sentó en la arena mirando al mar, contemplando el espectáculo que la naturaleza le brindaba.

Ella ahora estaría junto aquel intruso, resguardándose de la tormenta en un confortable colchón con el calor de uno para el otro. Él no se merecía todo aquello, no después de tanto tiempo en que las cosas fueron sobre ruedas ¿Qué pudo hacer que ella tuviera que ir a los brazos de otro para encontrar el placer y la felicidad? ¿Es que acaso no era ella feliz a su lado? Era inútil preguntarse todo eso, Carla no volvería a su lado.

Gritó con todas sus fuerzas, un grito de rabia desde sus entrañas. Quizá había llegado la hora de afrontar de verdad la realidad y salir adelante, tenía que intentarlo, sacaría fuerzas de donde pudiera para hacerlo, se dio cuenta de que era imposible. Se tumbó en la arena y cerró los ojos, dejando que la lluvia le calara hasta el tuétano, escuchando la melodía que el viento y el mar le traían.

Cuando despertó la música había cesado. Se levantó y decidió desnudarse y meterse al mar para quitar de su piel el traje de arena. Echó a nadar mar adentro, notaba como el agua se fundía con cada centímetro de su piel, se sentía vivo; fugazmente vivo tras los meses llenos de sombras, sin querer ver la luz del sol. Ahora miraba el sol, aún no sabía que pudo llevar a Carla a los brazos de otro, pero le daba igual, había tomado una decisión, a partir de entonces sería libre: libre para decidir por él mismo, para no tener ninguna presión, libre para ser feliz. Gritó, gritó como nunca, elevando su voz hasta las nubes para que ese que dicen que existe allí arriba se enterara: ¡Nada ni nadie le impediría ser libre!

Riendo, se fue andando hasta la orilla, donde había dejado su ropa, cogió de su chaqueta un mojado bloc de notas que llevaba siempre con él, escribió, lo dejó junto a sus prendas y mirando al mar, echó a nadar hasta el horizonte. Ya era libre.


domingo, 19 de abril de 2009

Perdón ¿La playa?

Abro este mi segundo blog, tras el fracaso/dejadez del anterior con esas tres palabras de mi amiga Raquel, a la que debo mucho y cada día me alegro más de poder contar con ella en mi vida.

¿Motivos por los que he podido crear esto? Sinceramente ni idea. Pues no sé a qué voy a orientarlo ni si será otro intento frustrado de blog (confío que esto segundo no).

De momento para no dejar indiferente a nadie pondré un vídeo musical y tan ricamente